Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

Mi padre y Berlín

 

Muro de Berlín

Un tren retumba a través de la ventana. En Berlin siempre hay un tren que suena en algún lugar. Me asomo y veo una realidad bien diferente a la que observó mi padre en aquel 1984 cuando llegó por primera vez a esta ciudad. Maquinista de trenes, había ganado -a golpe de horas voluntarias y mucho trabajo- un viaje al futuro. Si, porque en aquella época la RDA era el horizonte al que muchos cubanos aspiraban a acercarse algún día. Así que a aquel hombre de la locomotora y las manos llenas de grasa, le dieron también un bono para que comprara algo de ropa antes de su salida a Europa. Le tocó un juego de chaqueta y pantalón, además una maleta inmesa en la que mi hermana y yo jugábamos a escondernos. Llegó a Alemania del Este en pleno invierno y se quedó solo dos semanas en una visita guiada, cuyo objetivo principal era demostrarle a los afortunados viajeros las ventajas de aquel modelo. Y mi padre regresó convencido.

En el aeropuerto, a la vuelta, venía con una sonrisa de oreja a oreja y con una bolsa de mano. En el interior un par de zapatos para cada una de sus hijas, que resultaron ser la mejor posesión alcanzada en aquel viaje. Eso y los recuerdos. Durante décadas nos ha estado contando su estancia en la RDA. Agregando detalles cada vez, hasta convertirla en casi una leyenda familiar que debemos oír al reunirnos para alguna conmemoración. A la luz de hoy el asombro de aquel maquinista se resume en el hecho de que en Berlín había podido sentarse en una cafetería y pedir algo para beber sin hacer una larga cola, le había comprado unos regalos a sus pequeñas sin mostrar una libreta de productos racionados y logró darse una ducha de agua caliente en el hotel donde estuvo hospedado. Estaba sorprendido ante cada pequeña cosa.

Ahora soy yo la que estoy en Berlin. Pensando en que mi padre no reconocería esta ciudad, no alcanzaría a conciliarla con aquella otra que él visitó en un año tan orwelliano como su número lo indicaba. Del muro que la dividía en dos solo queda un trozo museable pintado por varios artistas; el hotel donde él estuvo probablemente se demolió y el nombre de la mujer que le traducía y lo vigilaba -para que no escapara hacia occidente- no aparece en la guía telefónica. La maleta tampoco existe más, los zapatos nos duraron sólo un curso escolar y las fotos de tono rojizo que se tomó en la AlexanderPlatz ya están tan manoseadas que ni se ven. Sin embargo, estoy segura que al regreso mi padre intentará explicarme Berlín, decirme cómo entró a una panadería y logró comerse una empanada sin presentar la cartilla de racionamiento. Me reiré y le daré la razón, hay sueños que después de tanto tiempo no vale la pena romper.

 

Señor Capitolio

Capitolio de La Habana foto: Orlando Luis Pardo Lazo

Capitolio de La Habana
foto: Orlando Luis Pardo Lazo

El Capitolio de La Habana empieza a salir de su largo castigo. Como un niño penitente, ha esperado 54 años para que le regresen su condición de sede del parlamento cubano. Transitó por todo, fue museo de ciencias naturales con animales disecados -llenos de polillas- y en uno de sus pasillos se abrió el primer local público de Internet en la capital cubana. Mientras los turistas fotografiaban la enorme estatua de la República, miles de murciélagos colgaban de sus altísimos y decorados techos. Dormitaban de cabeza durante el día, pero de noche revoloteaban y dejaban sus heces pegadas en las paredes y las cornisas. Allí se fueron acumulando por décadas, entre la indiferencia de los empleados y las risillas de los adolescentes que señalaban a los residuos y decían “mira, mierda, mierda”. Ese es el edificio que conozco desde niña, caído en desgracia, pero imponente aún.

A los visitantes siempre les cautiva la historia del diamante que marca el punto cero de la Carretera Central, con su dosis de maldición y de codicia. También al observar este coloso neoclásico, esos mismos viajeros confirman – lo que sabemos pero nadie dice en voz alta- que “se parece muchísimo al Capitolio de Washington”. En esa similitud radica parte de los motivos para el ninguneo político que ha padecido nuestro edificio insigne. Demasiado evocador de aquel otro; evidente primo hermano de uno que pasó a significar la imagen del enemigo. Pero como por decreto no se erigen los símbolos arquitectónicos de ninguna ciudad, su cúpula siguió conformando el rostro habanero, junto al Malecón y al Morro que se levanta a la entrada de la bahía. Para quienes llegan desde provincia, la foto frente a la amplia escalinata de este gran palacio, resulta obligatoria. Su cúpula es además la más reflejada en pinturas, fotos, artesanías y cuanta baratija alguien quiere llevar de vuelta a su país para decir: estuve en La Habana. Mientras insistían en quitarle importancia, más protagónico se hacía. Mientras mayor era el estigma sobre él, su mezcla de hermosura y decadencia se volvía más subyugante. Entre otras razones porque en las décadas posteriores a su edificación –y hasta el día de hoy- ninguna otra construcción en la Isla ha logrado superarlo en esplendor.

Ahora, la Asamblea Nacional del Poder Popular comenzará a sesionar justo donde una vez se reunía aquel congreso de la República de Cuba, del que tan mal nos hablan los libros oficiales de historia. Me imagino a nuestros parlamentarios, sentados en los hemiciclos de asientos tapizados, rodeados de los ventanales de regio porte y bajo los techos finamente decorados. Los vislumbro además levantando todos las manos para aprobar las leyes por unanimidad o por inmensa mayoría. Callados, mansos, uniformes en cuanto a ideas políticas, deseosos de no contrariar al verdadero poder. Y no sé qué pensar, la verdad, si esta es la nueva humillación –el más elaborado castigo- que le depara al Capitolio de La Habana; o si por el contrario es su victoria, el acariciado triunfo por el que llevaba esperando más de medio siglo.

El reencuentro

El jueves pasado he estado en La Habana, aunque sin moverme de Madrid. Gracias a la guitarra de Boris Larramendi me di un saltico por la Isla. Un breve –pero intenso- regreso, sólo a golpe de acordes y de buena música. En un local de la capital española nos encontramos un grupo de amigos, algunos graduados de la Facultad de Artes y Letras, pero también antiguos asistentes a cuanta peña musical existió en los años noventa en Cuba. Me sentí como en casa, pues justo en la sala de nuestro apartamento tuvimos una de aquellas tertulias que antenoche hemos recordado. Evocamos nuestra infusión de caña santa y ese poco de azúcar con el que recuperábamos las energías después de subir las bicicletas 14 pisos por la escaleras. Pero sobre todo hemos rememorado las buenas canciones que se escuchaban allí, el espacio de libertad que lográbamos crear al menos por unas horas.

Más allá de los estribillos y el arroz con frijoles, disfruté especialmente el reencuentro con estos compatriotas. Muchos de ellos tratan todavía de abrirse camino en una España azotada por la crisis económica y los cuestionamientos políticos. Algunos desempleados, otros ilegales, varios con hijos nacidos aquí que no conocen el país de sus padres; todos pendientes de lo que ocurre en Cuba. Boris cantó hasta quedarse ronco, las palmas de las manos se nos enrojecieron por acompañarlo con aplausos y -ya pasada la medianoche- el humor brotó, los chistes nos acompañaron.

En una pared un televisor mostraba imágenes grabadas en las calles habaneras. El malecón y la esquina de 23 y L, quedaban como fondo audiovisual que acompañaba nuestra “guaracha” improvisada alrededor de dos mesas. En un momento me percaté que aquella grabación que pasaba en la pantalla era de una cámara de seguridad policial. De manera que allí estaba aquel material de vigilancia filtrado y convertido en mero video de divertimento en un espacio recreativo. La banalización del ojo oficial; el control convertido en frívolo reporte de la cotidianidad. Pero ni siquiera eso nos distrajo de lo más importante que estaba ocurriendo en aquella sala: la confluencia. Estábamos encontrando el punto en común después de una larga travesía y de una prolongada separación. Éramos más libres que en cualquier tertulia habanera y no obstante seguíamos siendo el fruto de todas aquellas tertulias habaneras. Bendito pasado que nos ha esperado en este mañana.

 

 

Lima y el polvo

 

El cielo de Lima "color panza de burro"

El cielo de Lima “color panza de burro”

A cada ciudad le adjudicamos un rostro, a cada lugar una personalidad. Camagüey se me antoja una señora sobria y de abolengo, Frankfurt lleva el pelo a lo punk y una corbata que apenas si le pega, Praga carga con unos ojos azules y la sonrisa irregular de aquel joven que se cruzó –sólo un segundo- en mi camino. Por su parte, Lima tiene una cara inenarrable pero cubierta de polvo. El polvo de Lima da vueltas y se posa alrededor de todo. Sobrevuela los acantilados que abruptamente se abren hacia un mar que a los caribeños nos resulta demasiado frío, demasiado agitado. Diminutas partículas de tierra y arena que se pegan al cuerpo, la comida, la vida. Polvo sobre las frutas de la selva, sobre el ceviche recién servido. Polvo metido en el “pisco sour” que deja al paladar con deseos de más y también con deseos de nunca más. Una capa dorada, irreal, que se unta en los parabrisas de los autos y en el vendedor de periódicos que desafía la luz roja del semáforo para vender su mercancía antes que anochezca. El polvo en el que todos terminaremos después del día final, pero que Lima nos lo adelanta en vida.

Una muchacha de piel cobriza me ha parecido Lima. Reservada, con algo de ese mutismo misterioso de los que vienen de la sierra. Tiene además manos que alivian. Pues en Lima recuperé la voz y no es una metáfora. Llegué rendida de más de cincuenta días de intenso viaje, afónica y con fiebre. Me fui, repuesta, arropada por mis amigos y con la energía recobrada tras ver una ciudad que ya no cabe en sí misma. Hundí los pies en el pacífico por primera vez, me trepé a los cerros de la villa El Salvador para ver a la gente ganándole terreno a la aridez del suelo y a la pobreza. También estuve en el centro histórico, con sus Iglesias, sus ofertas para turistas y sus procesiones religiosas. Porque Lima es un sinfín de ciudades, algunas de ellas superpuestas caprichosamente sobre las otras. Es como una joven a la que el cuerpo le ha crecido demasiado y ya no le sirven sus propias ropas. De ahí los atascos en el transporte y las tantas grúas levantando edificios por todos lados. Esta ciudad, tiene un rostro formado sobre la prisa, un ojo de aquí, una boca de allá, una frente sacada de cualquier otro lugar; es mestiza, chola, alemana, suiza, chilena y española… es mucha Lima.

Venezuela: la esperanza del todavía

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Foto tomada de http://es.globalvoicesonline.org/

El avión había tocado tierra en Panamá y al otro lado de los cristales se veía un sol inclemente que caía sobre el pavimento. Recorrí los salones del aeropuerto, en busca de un baño y también de un lugar donde esperar hasta que partiera mi próximo vuelo. Algunos jóvenes que aguardaban en el salón principal me hicieron señas y comenzaron a gritar mi nombre. Eran venezolanos. Estaban allí, al igual que yo, en tránsito hacia otro destino. Así que conversamos en medio del gentío y de las maletas que iban y venían, mientras los altavoces anunciaban las salidas y los arribos. Me dijeron que leían mi blog y comprendían muy bien lo que estábamos viviendo en la Isla. En un momento les pedí tomarme una foto con ellos. Respondieron con caras largas y la súplica de que “por favor, no la subas a Facebook ni a Twitter porque nos metemos en problema en nuestro país”. Me quedé pasmada. De pronto los venezolanos me recordaron tremendamente a los cubanos: temerosos, hablando en un susurro, escondiendo todo aquello que pudiera comprometerlos frente al poder.

Aquel encuentro me dejó reflexionando sobre el tema del control ideológico, la vigilancia y la intromisión excesiva del estado en cada detalle de la vida cotidiana. Sin embargo, a pesar de las similitudes que encontré en aquellos jóvenes y mis compatriotas, sentí que a ellos les quedaban algunos espacios que para nosotros ya se habían cerrado. Entre esas rendijas aún abiertas, están precisamente las elecciones. El hecho de que hoy domingo los venezolanos puedan asistir a las urnas y decidir con su voto –amén de todas las jugarretas oficialistas- el futuro inmediato de su nación, es algo que a los cubanos se nos arrebató hace mucho tiempo. Hábilmente el Partido Comunista de nuestro país cortó todos los caminos para que pudiéramos optar entre varias opciones políticas. Conocedor de que no podría competir en buena lid, Fidel Castro prefirió correr sólo en la pista y eligió como único relevo a alguien que, por demás, lleva su propio apellido. Comparando situaciones, a los venezolanos les queda la esperanza del todavía… a los cubanos, la desazón del jamás.

Por eso, conociendo la jaula desde adentro, me aventuro a recomendarles a los venezolanos que no terminen ellos mismos por cerrar la única puerta de salida con la que cuenta. Espero que aquellos jóvenes que encontré en el aeropuerto de Panamá estén ahora mismo ejerciendo su derecho al voto. Les deseo que después de esta jornada no vuelvan a temer a represalias por sacarse una foto con alguien, decir una idea, firmar una crítica. Les deseo, en fin, que alcancen lo que nosotros no logramos.