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Generación Y es un Blog inspirado en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una "i griega". Nacidos en la Cuba de los años 70s y los 80s, marcados por las escuelas al campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Así que invito especialmente a Yanisleidi, Yoandri, Yusimí, Yuniesky y otros que arrastran sus "i griegas" a que me lean y me escriban.

¡Qué lo pases con sana alegría!

!Feliz cumple-blog para Generación Y!

!Feliz cumple-blog para Generación Y!

A los siete años tenía la sonrisa incompleta. Estaba perdiendo mis dientes de leche y además leía todo cartel que se me cruzara en el camino. Eran tiempos de aprendizaje y de rodillas raspadas por las caídas durante los juegos. Hoy, vuelvo a soplar ese mismo número de velitas sobre una imaginaria torta. Esta vez no es por mi, sino por la criatura virtual que nació el 9 de abril de 2007 y que en ese tiempo también ha pasado por denticiones, fiebres, risas y tropiezos.

Generación Y está de cumpleaños, con casi un millar de post publicados, cerca de un millón y medio de comentarios, varios amigos perdidos y otros ganados.

En este tiempo, jamás he sufrido el horror de la página en blanco. Más bien siento que ni el tiempo ni la conectividad a Internet me han alcanzado para narrar todo aquello que la realidad cubana mostró ante mis ojos. Este blog ya tiene vida propia. Respira en sus lectores y tiene una existencia paralela donde yo no lo puedo alcanzar, esconder, proteger. Ha pasado la prueba del miedo inicial, de la satanización oficial, la desconfianza de tantos, los colapsos tecnológicos y hasta del instinto de conservación que me ha dicho más de una vez que lo abandone. Aquí está con las magulladuras y la experiencia de sus siete años.

Una nueva etapa comenzará pronto. Generación Y se trasladará a su nueva morada en el interior de un medio de prensa digital, colectivo y moderno. Sobre la próxima torta de cumpleaños habrá otros rostros para incluir en la foto. ¡Soplemos las velas por ellos desde ahora!

Apretaste!

Página principal del sitio web Apretaste!

Página principal del sitio web Apretaste!

Tatiana quiere vender un cochecito de niños, Humberto está interesado en unos zapatos deportivos y la jubilada de la esquina está rematando un buró de caoba. El trueque y la compra-venta individual alivian en algo el desabastecimiento de los mercados estatales. Así que se ha hecho común ver pegados en muros y paredes los anuncios donde se ofrecen una casa en venta o los servicios de alguien que repara muebles. Los sitios de clasificados en Internet también comercian con cuanta cosa uno pueda imaginar, desde una antena parabólica ilegal hasta comida para pájaros.

A pesar de la poca conectividad, los portales al estilo craiglist resultan muy populares dentro de la Isla. Algunos de ellos han desarrollado estrategias para llegar a los lectores cubanos, como la distribución de clasificados por correo electrónico. Tal es el caso de la aplicación Apretaste! que ofrece el servicio de enviar y recibir información por email para usuarios en nuestra “Isla de los desconectados”. Ganador de un hackathon celebrado en Miami en febrero pasado, el sitio tiene mucho potencial y presume de un diseño sencillo y nada pesado.

Al visitar la página de Apretaste!, recuerdo una frase que siempre repito cuando encuentro alguna dificultad. “La creatividad es esa capacidad de abrir una ventana cuando la puerta está cerrada”, me digo como un mantra en situaciones complicadas. Pues este portal de clasificados es una diminuta y prometedora ventana que se ha abierto en el férreo muro de la desconexión. Un soplo de aire corre a través de ella.

Espero que un día Tatiana, Humberto y la jubilada de la esquina no sólo puedan usar las potencialidades de Apretaste! a través del correo electrónico, sino también entrar en su web, dar un clic, colocar una frase en su sencillo buscador y encontrar de esa manera aquello que tanto necesitan.

#MejorDesnudosQue

Mejor desnudos que...

Mejor desnudos que…

Una mujer con los senos descubiertos hace de oráculo en una obra de arte efímero. Es La Habana de los años ochenta y el escándalo que trae la exposición “Nueve Alquimistas y un Ciego”, termina con su cierre y la satanización de no pocos artistas. La piel afuera es un desafío, una protesta, en un país donde el poder se enfunda aún hoy en uniformes verde olivo, mangas largas, calurosos atuendos que esconden, en lugar de mostrar.

Los autoritarismos manejan mal la desnudez. La sienten impura, sucia, humillante, cuando en realidad es el estado natural y primigenio del ser humano. Son pacatos los totalitarios, pacatos y timoratos. Les asusta cualquier gesto libertario y la demasiada piel expuesta la perciben como un gesto desafiante. Piensan así, porque –en el fondo- ven al cuerpo humano como algo impuro y obsceno. De ahí que el desvestir a sus contrincantes constituya una de las prácticas represivas que más disfrutan. Creen que al despojarlos de su ropa los reducen a ser simples animales. El mismo mecanismo mental que les lleva a llamar “gusanos”, “sabandijas” o “cucarachas” a sus críticos.

En una celda sin ventanas un guardia obliga a un preso político a desvestirse; en un cuarto donde nadie puede escuchar los gritos, tres mujeres hurgan bajo la ropa de una ciudadana recién apresada; en un albergue de una escuela al campo las duchas no tienen cortinas para que ningún estudiante pueda poseer para sí el territorio de su cuerpo; en una sala fría y gris los judíos eran despojados de su ropa antes de entrar a las cámaras de gas. Desnudar para humillar, desnudar para deshumanizar, desnudar para matar.

Las imágenes que llegan desde Venezuela, confirman que aún se practica la privación de la ropa como castigo moral. Un joven es desnudado por un grupo que busca degradarlo al exponer cada centímetro de su piel. Sin embargo, terminan convirtiéndolo en un ícono hermoso, puro, candoroso. ¡No hay suciedad en el cuerpo humano, no hay nada de que abochornarse en quedar ante los demás tal y como llegamos al mundo!

Que se avergüencen esos otros, escondidos tras uniformes, carcasas, grados militares que ellos mismos se otorgaron. ¡Que se abochornen esos que se ocultan bajo los deshonrosos atuendos del miedo!

¿Carnet o pasaporte?

Foto: Silvia Corbelle

Foto: Silvia Corbelle

Todo el barrio lo llama por el peculiar apellido que heredó de su abuelo vasco. Vertical para cuestiones ideológicas, siempre dejó claro que él era “un hombre de la causa”. Reunión tras reunión, informe tras informe, denuncia tras denuncia, pocos lo superaban en pruebas de fe dadas al sistema. Lo caracterizaban también el rostro adusto ante los inconformes y el abrazo dispuesto para quienes compartían su ideología. Así fue, hasta hace una semana.

El árbol genealógico rindió frutos y el combativo hombre acaba de sacar su pasaporte español. En su núcleo del Partido Comunista le dieron a elegir: la nacionalidad extranjera o seguir militando en esa organización. Fiel, pero no tonto, se decantó por la primera. Desde hace apenas unos días estrena su nueva vida sin carnet rojo ni estatutos. Ya le ha empezado a hacer algunos guiños a los disidentes del vecindario. “Tú sabes que siempre podrás contar conmigo” le espetó ayer a uno, a quien hasta hace poco vigilaba.

Curiosa organización partidista que se pavonea de ejercer la solidaridad internacionalista, pero no quiere en sus filas a comunistas con dos nacionalidades. Al menos tal estrechez de miras está ayudando a la conversión de ciertos extremistas en “mansos extranjeros”. Dada la rapidez con que cambian, queda la pregunta si antes habían creído en lo que hacían o eran simples oportunistas. Quizás al preferir un pasaporte comunitario sólo están eligiendo otra máscara, un nuevo tono para su piel de camaleones.

Un día sin cuentapropistas

el_sueno_de_la_razon

El sueño de la razón produce monstruos.
Francisco de Goya

El día comenzó con cierta atmósfera de pesadilla. El buchito de café mañanero faltó, porque el vendedor con termo y vasitos de cartón no estaba en la esquina. Así que caminó arrastrando los pies hasta la parada de ómnibus, mientras vigilaba si llegaba algún taxi colectivo. Nada. Ni un viejo Chevrolet venía por la avenida, ni los ingeniosos pisi-corres que tienen capacidad hasta para doce pasajeros se veían por ningún lado. Después de una hora de espera, logró subir a la guagua, irritado a falta de un cucurucho de maní con que aplacar “el perro” que le ladraba en el estómago.

En el trabajo poco pudo hacer esa jornada. La directora no logró llegar porque la mujer que le cuidaba la niña se ausentó. Otro tanto le pasó al administrador, al que se le reventó una goma del Lada y para colmo la ponchera de su barrio amaneció cerrada. En la pausa del mediodía las bandejas de comida apenas si pesaban de tan vacías. No había pasado el carretillero que ofertaba vegetales y viandas con las que hacer crecer el almuerzo. El jefe de relaciones públicas tenía un ataque de nervios, pues no pudo imprimir las fotos que necesitaba para un visado. A la puerta del estudio más cercano un cartel de “no abrimos hoy”, le había roto sus planes de viaje.

Decidió regresar a pie hasta la casa para evitarse la espera. El hijo le preguntó por algo para merendar, pero el repartidor de pan no había aparecido con su estridente pregón. Tampoco el kiosco de pizzas funcionaba y una incursión por el mercado agrícola le devolvió sólo tarimas vacías. Cocinó lo poco que encontró y para fregar usó un trozo de camisa vieja, ante la ausencia de los comerciantes que vendían estropajos. Para colmo el ventilador no quiso encender y el reparador de electrodomésticos no se había ni asomado por el taller.

Se acostó, en un charco de sudor e incomodidad, deseando que al despertar estuvieran de vuelta esas figuras que apuntalaban su vida: los cuentapropistas, sin los cuales sus días son una secuencia de privaciones y disgustos.